MUGATXOAN 2009

Santiago Eraso

Posted on | June 21, 2009 | 1 Comment

MUGATXOAN EN CABUEÑES

¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos? No existen, mi niña. Todo está por construir. Debes construir la lengua que habitarás y debes encontrar los antepasados que te hagan más libre. Debes construir la casa donde ya no vivirás solo. Y debes construir la nueva educación sentimental mediante la que amarás de nuevo. Y todo eso lo edificarás sobre la hostilidad general,  porque los que se han despertado son la pesadilla de aquellos que todavía duermen.

COMITÉ INVISIBLE

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Desde que conozco Mugatxoan o, mejor dicho, desde que formo parte de esta experiencia compartida la he sentido como “un ser vivo”, como una forma de  comunidad que, más allá de las biografías personales, encuentros y desencuentros, se configura como un espacio-tiempo de conocimiento y prácticas artísticas en permanente movimiento; un desplazamiento de conexiones, a la manera en la que Laurence Rassel ayer nos hablaba de los servidores de software libre; una red de saberes en cuerpos expuestos que reclaman otros mundos, otras escenas, otros relatos.

Hartas de las convenciones narrativas, de las escenografías para mil cuatrocientos espectadores, MUGATXOAN reclama la  necesidad de “OTROS LUGARES”  desde donde tomar la palabra, cantar los poemas o alterar los gestos. Escenografías posibles, habitables, transitables. Como ese medido espacio familiar para dos cuerpos de Benedicte Zanon y Jonathan Merlin que se unen en el sonido a la búsqueda de la dulzura de lo cotidiano. Mil cuatrocientos lugares para comunicarnos tan solo con aquellos que quieran compartir nuestro desasosiego por el mundo que nos ha tocado vivir y por las rutinas que nos obligan a cumplir.

Cuando pienso Mugatxoan, cuando trato de entender nuestra historia me pasa como a Monica Viti/Amaia Urra, no puedo retroceder en el tiempo porque, cuando intento volver, siempre regreso al futuro.

Estos días me ha ocurrido lo mismo cuando, pensando mi vida, mi primera visita a Cabueñes, hace veinticinco años; rememorando mi primer viaje en globo mientras Marta descendía en paracaídas, tan solo me quedaba la sombra de un tiempo pasado que, en cierto modo, tan solo es presente. Como en el teatro que Antonio Julio recrea para representar una verdad escondida; muchas veces revelada y, otras tantas, distorsionada.

Como la narradora del audio-guía de Edurne Rubio que se niega a volver al teatro de La Laboral porque insiste en no verlo como si quisiera ratificarse en su convicción segura, en su verdad inamovible y dice: “ya lo vi, el teatro ya lo vi”. Seguramente esa reafirmación no es más que otra forma de miedo a la vida  porque, cuando se vuelve a los lugares de la memoria,  nunca se vuelve atrás, siempre se esté en otro lugar. Y no hay nada más cómodo para sentirse a resguardo del riesgo que no moverse; quedarse paralizado, suspendido en el tiempo. Alejandra Pombo, en su infatigable búsqueda de animales inaccesibles y gestos que le permitan escapar de las verdades absolutas e identidades inmutables, insiste en ese permanente desplazarse con el fin de encontrar la mejor escenografía para los cuerpos que hacen ruido cuando caen.

Al fin y al cabo, toda interpretación del pasado, cualquier reminiscencia nostálgica de otro tiempo, no es más que una recreación, siempre invención, un nuevo quehacer del único discurrir que puede ser habitado: la vida. Pero eso sí, la vida sin límites, siempre en el discurrir de las fronteras que permitan la posibilidad de crear, de hacer de nuestra existencia una constante acción “performativa”, que se hace y deshace desde la inmanencia misma de su propia concepción.

Por que crear es siempre recrear y vivir, también, revivir. Cualquier restitución del pasado es una ficción, una construcción intencionada de vida presente que se presupone real, porque tampoco hay presente, tan solo “devenir”, “devivir”.  O ¿tal vez no?. Nunca he sabido, de verdad, si llegué a subir en globo. Tantas veces lo he narrado que el relato se ha hecho realidad. Ahora mismo, tal vez sea cierto que subí a los cielos.

La tesis nietzscheana “El mundo verdadero deviene fábula” es tomada en serio y todas las posibilidades del arte contra la vida que nos obligan a vivir, de las formas contra la belleza que nos imponen gozar, abren un campo infinito de revoluciones inauditas, de relatos paradójicos, de nuevos lenguajes y ficciones imposibles.

El cuestionamiento de los límites individuales y de las fronteras trazadas por el orden de las cosas establecidas puede revelarse salvadora, ya que los afectos bloqueados en una “interioridad” acaban mal: pueden incluso convertirse en “síntomas” de una patología. Aquella que nos impide vivir. La rigidez que observamos en nosotros mismos viene de los tabiques que cada uno ha levantado para marcar los límites de su persona y conectar en ella lo que no debe desbordarse. Cuando, por una razón u otra, como nos recuerda el Comité Invisible, estos muros defensivos se quiebran, sucede algo que puede ser horrible, que quizás tenga que ver esencialmente con el espanto pero, paradójicamente, se produce a la vez un estremecimiento capaz de librarnos del miedo.

Cierta puesta en riesgo de los cuerpos acompaña  a la existencia de toda comunidad material. No hay nada más inútil que un cuerpo aislado o una “idea original”. Cuando los afectos y los pensamientos dejan de ser asignables a uno u otro o cuando se restablece algo así como una circulación en la que transitan, indiferentes a los individuos, afectos, ideas, impresiones y emociones, se produce la creación.

Cualquier pretensión de creerse original se vuelve anacrónica porque toda singularidad se experimenta, tan sólo,  en el modo y la intensidad con la que un ser hace existir algo común. En el fondo, es ahí desde donde partimos, donde nos encontramos. Lo más singular en nosotros apela a un compartir.  Toda creación  trata de un espacio-experiencia común, donde explicarnos a nosotros mismos, formular los principios de nuestro compartir como constitución  de una fuerza sensible, un archipiélago de mundos.  Con el fin de que el último en llegar sea, como mínimo en eso, igual al primero. En definitiva, no hay amistad que no sea política. Intentamos extraer del amor toda posesión, toda identificación, para ser por fin capaces de amar.

Gijón, Cabueñes  a 20 de Junio del 2009.


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Intervención sonora de Santiago Eraso en el sistema de megafonía de la plaza central de La Laboral. Lectura de “las diez reglas del gran juego de la guerra cívil”, extraido del libro “Llamamiento“  (Acuarela Libros, 2009)  Comité Invisible

Comments

One Response to “Santiago Eraso”

  1. >"Llamamiento; y otros fogonazos" | acuarelalibros
    January 18th, 2011 @ 5:06 pm

    [...] “Mugatxoan en Cabueñes”, de Santiago Eraso, [...]

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